jueves, 23 de marzo de 2017

Partículas de formación... La Confesión IV

LA CELEBRACION DEL SACRAMENTO
DE LA RECONClLIACIÓN
Dados los actos previos del penitente (examen de conciencia, contrición, y propósito de enmienda) el Sacramento se realiza concretamente con la confesión de los pecados y la absolución.
Este acto litúrgico ha sido practicado siempre en la Iglesia, aunque de formas distintas. En la antigüedad se acostumbraba la confesión pública en las asambleas litúrgicas, seguidas de un tiempo de penitencia, antes de ser admitidos al rito de la absolución. Gracias a los monjes irlandeses principalmente, el rito se hizo de manera personal y secreta, conservando sin embargo los elementos indispensables para la validez del perdón.
Actualmente la Iglesia nos propone tres modalidades distintas, igualmente válidas para celebrar el Sacramento de la Reconciliación :
Rito de Confesión
El rito de confesión individual es la forma más usual y la que permite mayor profundidad en el retorno a Dios. También pueden darse las Celebraciones comunitarias, con confesión y absolución individual.
Se suele dar comienzo con la jaculatoria "Ave María Purísima" a la que el sacerdote responde "Sin pecado concebida", pidiendo a la Madre de Dios, que nunca pecó, que nos ayude a hacer una buena confesión.
Es muy útil para el confesor saber el tiempo transcurrido desde la última confesión del penitente. No es lo mismo escuchar a una persona que hace años no se reconcilia con Dios, a otra que se confesó hace una semana. Como ya se ha indicado, la confesión debe ser completa, sincera y concreta.
El penitente absuelto de sus pecados, aparte de cumplir con la penitencia indicada, lo primero que debe hacer, es dar gracias a Dios, no vaya a suceder lo que pasó con aquellos diez leprosos que Cristo curo y tan solo uno, por cierto, samaritano, regresó para darle las gracias.
LOS PECADOS LEVES Y LOS GRAVES
Una cuestión surge a menudo en la conciencia de los fieles: ¿cómo sabemos que un pecado es grave (o mortal)? La Iglesia nos da la solución: para que un pecado pueda considerarse grave o mortal, debe reunir tres condiciones:
-          Pleno conocimiento, o sea, que sepamos sin lugar a dudas que una acción es pecaminosa, por ejemplo, robar.
-          Pleno consentimiento, es decir, la aceptación total por parte de nuestra voluntad para cometer esa acción: sé que es pecado robar, pero quiero robar.
-          Materia grave. Dado el pleno conocimiento y el pleno consentimiento, queda aún el criterio de la gravedad de la acción misma. No es lo mismo, siguiendo con el ejemplo del robo, apropiarse de veinte pesos, que de veinte millones, no es lo mismo un empujón que un balazo.
En muchos casos podemos aquilatar la gravedad de la acción cometida por el daño causado al prójimo o a nosotros mismos. En otros casos no será tan fácil resolver la cuestión de la gravedad de la materia. Es necesario informarse, preguntar tal vez al confesor mismo.
El pecado leve (o venial) debilita nuestra amistad con Dios. El pecado grave (o mortal) rompe nuestra amistad con Dios. Si no formamos nuestra conciencia rectamente, podemos creer que todo pecado es mortal y privarnos de la Sagrada Comunión, pudiendo hacerlo. Y también puede suceder que nos acerquemos a la Eucaristía inconscientemente estando en pecado mortal.
No podemos basar nuestra conducta moral en el concepto de que "al cabo no es pecado mortal" llevando una vida mediocre de constantes ofensas veniales o leves a Dios Nuestro Señor.
El amor a Nuestro Señor debe impulsarnos a evitar TODA CLASE DE PECADOS. Además el camino al pecado mortal, es ciertamente el venial.
Recurramos frecuentemente al Sacramento de la
Reconciliación, procurando con toda el alma evitar toda mancha para vivir cada vez más plenamente la Vida de la Gracia que Dios nos otorga en sus Sacramentos.
Os invito a recibir este sacramento, especialmente mañana, en la celebración Penitencial comunitaria que tendremos en la Parroquia a las 18:30 hs. Es tiempo de cuaresma, tiempo de conversión. Aquí te dejo un examen de conciencia para que puedas preparar bien este encuentro con el Señor.

Antonio Luis Sánchez Álvarez,
párroco.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Partículas de formación... La Confesión III

El Ministro de la Reconciliación
Como ya hemos visto, Cristo confió a sus Apóstoles el ministerio de la Reconciliación, que no podría concluir con la muerte del último de ellos. Por la imposición de las manos este ministerio fue transmitido a sus sucesores hasta nuestros días.
El mismo San Pablo, que no era de los Doce y no estuvo presente en el Cenáculo el día de la Resurrección, se declara "Ministro de la Reconciliación" por la imposición de las manos.
En efecto, los obispos y los presbíteros, en virtud del Orden Sacerdotal, tienen el poder maravilloso, como sucesores de los Apóstoles, de perdonar los pecados "en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo".
El Obispo, cabeza visible de la Iglesia en su territorio o Diócesis, es con justo título, desde los tiempos más antiguos, el que tiene principalmente el poder y ministerio de la Reconciliación. Los demás sacerdotes, sus colaboradores, lo ejercen en la medida en que han recibido del obispo la tarea de administrarlo.
Ciertos pecados particularmente graves, como el aborto, están sancionados con la excomunión que es la pena eclesiástica más severa y que impide la recepción de los Sacramentos o el ejercicio de actos eclesiásticos. La absolución de dichos pecados y la reincorporación al seno de la Iglesia, corresponde al Papa, al Obispo del lugar o a los sacerdotes autorizados por ellos. El Papa Francisco ha concedido a todos los sacerdotes el poder para levantar la excomunión a causa del aborto. Sin embargo, en peligro de muerte, todo sacerdote puede absolver de cualquier pecado y levantar toda excomunión.
El Sacerdote no es dueño sino servidor del perdón de Dios. Es el buen pastor o el buen samaritano que va en busca del pecador. Es imagen del Padre que espera al hijo pródigo para perdonarlo. Es instrumento del amor misericordioso de Dios hacia el pecador .
Dada la delicadeza y la grandeza de este ministerio y el respeto debido a las personas, la Iglesia declara que todo Sacerdote que oye confesiones está obligado, so pena de excomunión, a guardar secreto absoluto sobre los pecados que sus penitentes le han confesado. No han faltado sacerdotes que han perdido la vida por dicho secreto, como San Juan Nepomuceno, que fue arrojado atado de pies y manos al río Moldava en la ciudad de Praga, en el siglo XIV por negarse a violar el sigilo sacramental.
Hay que reconocer que no todos los sacerdotes tienen el don o el "carisma" para escuchar atinadamente las confesiones, o para aconsejar adecuadamente al penitente. Algunas personas se han alejado del Sacramento y hasta de la Iglesia por haber encontrado a un sacerdote poco dotado, impaciente, brusco o regañón.
LOS EFECTOS DE LA RECONCILIACIÓN
1. El principal, como su nombre lo indica, es que nos reconcilia con Dios, es decir, nos restituye, si la hemos perdido, a la Gracia de Dios, que no es otra cosa que la participación de la Vida Divina, comunicada al hombre por el Sacramento del Bautismo.
2. El perdón de los pecados sean veniales o mortales, tiene como resultado, además, la paz y la tranquilidad de conciencia, a las que acompaña un profundo consuelo espiritual. El saberse y sentirse perdonado por nuestro Padre amoroso es una verdadera resurrección espiritual. Es un nacer de nuevo, libres por fin del peso de nuestros pecados.
3. Hay faltas, como el aborto, que dejan en el alma una huella muy difícil de borrar. Mujeres hay que recurren a un psicólogo para liberarse del complejo de culpa que no las deja vivir en paz. Aquel penitente que realmente contrito y con disposición religiosa confiesa su pecado, puede estar seguro de que Dios le ha perdonado. Es más grande el amor de Dios que cualquiera de los pecados del hombre. Una vez reconciliados con nuestro Padre Dios, no hay por qué sentirse atados a un pasado, por pecaminoso que pueda ser. Cristo devolvió a María Magdalena, mujer de vida disoluta, su dignidad total y la convirtió en Santa María Magdalena, testigo privilegiado y primera anunciadora, a los Apóstoles, de la Resurrección del Señor.
4. El pecado menoscaba o rompe totalmente la comunión fraterna. No hace falta mencionar todos los pecados con los que el hombre ofende al prójimo: mentiras, odios, rencores, injurias, traiciones, calumnias, golpes, asesinatos... Pero no solamente estos pecados que hieren directamente al prójimo, rompen la comunión fraterna: aun los que ofenden directamente a Dios o los muy personales, repercuten en la comunión de los santos, al mermar la santidad de la Iglesia.
El Sacramento de la Penitencia restaura la comunión con la Iglesia. No solamente cura al pecador arrepentido, sino que tiene también un efecto vivificante sobre la vida misma de la Iglesia que había sufrido por el pecado de uno de sus miembros (1 Cor 12,26). Una vez restablecida plenamente su participación en la Comunión de los Santos, goza de los bienes espirituales de aquellos que se hallan ya en la Patria Celestial y de los que aún peregrinan en la tierra.
5. Importantísima es también la reconciliación consigo mismo: el penitente perdonado recupera su verdad interior y es liberado del peso que grava su conciencia. Por eso el salmista dice: "Dichoso el que es perdonado de su culpa...cuando yo me callaba se consumían mis huesos... mi pecado reconocí y no oculté mi culpa... y tú absolviste mi culpa, perdonaste mi pecado" (Sal 32,1-5)
6. A toda buena obra, hecha en Gracia de Dios, corresponde un mérito de Vida Eterna, pero al caer en pecado grave, todos los méritos se pierden totalmente. Cuando somos absueltos y reconciliados, dichos méritos reviven así como los dones del Espíritu Santo y las virtudes infusas.

Antonio Luis Sánchez Álvarez,
párroco.

martes, 21 de marzo de 2017

Partículas de formación... La Confesión II

LA PRÁCTICA DE LA RECONCILIACIÓN Actos del Penitente
Examen de conciencia
A la luz de la Palabra de Dios el penitente descubre el número y la gravedad de sus pecados. No tan solo al recordar los 10 Mandamientos de la Ley de Dios y los 5 de la Iglesia, sino al considerar el Sermón de la Montaña y textos apostólicos (Rm 12-15; 1 Cor 12-13; Gál 5; Ef.4-6)
En esta etapa podemos encontrar conciencias equivocadas por falta de formación: desde aquel que no se descubre ninguna falta "porque no roba ni mata", hasta el escrupuloso que agranda nimiedades y más confía en la minuciosa y exacta investigación de sus pecados, que en la misericordia del Dios que le espera con los brazos abiertos.
Tanto la conciencia laxa, como la escrupulosa, deben ser orientadas por el confesor con toda firmeza.
Dolor de los pecados (Contricción)
En la Parábola del Hijo Pródigo (Lc 15, 11-24) encontramos todo el proceso de la Reconciliación. Aquel muchacho no pensó en volver a la casa de su padre, hasta que tomó conciencia de su lamentable estado. Igualmente, el pecador no iniciará su vuelta a Dios, sino hasta caer en la cuenta de que está en pecado. De pronto, debido sin duda a una inspiración del Espíritu Santo, su conciencia le acusa y se arrepiente de haber pecado.
El arrepentimiento, también llamado contrición o dolor de los pecados, puede surgir por el simple fracaso humano, que el pecado conlleva en muchas ocasiones. El Hijo Pródigo pensó en volver a casa de su padre, simplemente porque tenía hambre. Es un arrepentimiento imperfecto, poco noble, pero Dios lo acepta.
Podemos, por el contrario, arrepentirnos al descubrir la grandeza del amor de Dios y sentir horror por el pecado que ha derramado la Sangre Preciosa de Cristo. Surge también el temor de vernos separados de Dios por nuestros pecados. El retorno a Dios por amor, es una contrición perfecta.
Propósito de enmienda
Una auténtica Contrición, conlleva necesariamente el firme propósito de no volver a pecar. Sería una farsa pedir perdón por un pecado que estamos decididos a seguir cometiendo.
El propósito debe ser universal, es decir de todos los pecados y perpetuo, o sea, para toda la vida. Absurdo sería arrepentirse de unos sí y de otros no, o hacer un propósito "hasta tal o cual día".
El propósito de enmienda, por firme que sea, va sin embargo acompañado de una posible reincidencia, nacida de la debilidad humana. Es por eso que en el Acto de Contrición prometemos "apartarnos de las ocasiones próximas de pecado"
En cuántas ocasiones es el ambiente el que nos induce al pecado: el propósito de enmienda sincero, tal vez nos obligue a dejar ciertos "amigos", lugares y circunstancias que harían naufragar nuestros mejores propósitos.
Decir los pecados al confesor (Confesión)
La confesión de los pecados, incluso desde un punto de vista simplemente humano, nos libera y facilita nuestra reconciliación con Dios, con el prójimo, y con nosotros mismos. Por la confesión, el hombre se enfrenta a los pecados de que se siente culpable, asume su responsabilidad y por ello se abre de nuevo a Dios y a la comunión de la Iglesia.
La confesión de los pecados hecha al sacerdote, constituye una parte esencial del Sacramento de la Reconciliación. "En la Confesión, los penitentes deben enumerar todos los pecados graves de que tienen conciencia después de haberse examinado seriamente, incluso si estos pecados son muy secretos y si han sido cometidos solamente contra los dos últimos Mandamientos del Decálogo, pues a veces estos pecados hieren más gravemente el alma y son más peligrosos que los que han sido cometidos a la vista de todos" (Concilio de Trento).
Callar conscientemente algunos pecados, tal vez los más graves, es evidencia de que no se está presentando ante el sacerdote con ánimo de ser perdonado. San Jerónimo dice acertadamente "si el enfermo se avergüenza de descubrir su llaga al médico, la medicina no cura lo que ignora".
Esta clase de confesiones incompletas voluntariamente, no obtienen el perdón de nada y añaden además un pecado de sacrilegio, por profanar un Sacramento.
Sin ser necesaria la confesión de los pecados veniales, la Iglesia recomienda de todos modos hacerla, ya que esto ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, y a progresar en la Vida Espiritual. Cuando se recibe con frecuencia el Sacramento de la Reconciliación, el don de la misericordia del Padre, impulsa al penitente a ser él también misericordioso.
Según el Mandamiento de la Iglesia "todo fiel llegado a la edad del uso de razón, debe confesar al menos una vez al año, los pecados graves de que tiene conciencia" (Derecho Canónico 989).
Evidentemente, aquél que se encuentra en pecado grave, no puede acercarse a la Sagrada Comunión. San Pablo nos advierte fuertemente en contra de tal atrevimiento: "Por tanto, quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y Sangre del Señor. Examínese pues, cada cual, y coma así el pan y beba el cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación" (1 Cor 11, 27-29)
Por eso el Derecho Canónico en su número 916 ordena: "Quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave que no celebre la Misa ni comulgue el Cuerpo del Señor sin acudir antes a la Confesión Sacramental". Pudiera suceder que haya un motivo realmente grave, por ejemplo, peligro de muerte, y no exista la posibilidad de confesarse antes de la Misa, entonces el fiel debe hacer un acto de contrición perfecta, con la intención de confesarse cuanto antes.
La Satisfacción o Penitencia
Muchos pecados causan daño al prójimo. Es preciso hacer lo posible para repararlo (por ejemplo, restitución de cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas, etc.) la simple justicia exige esto. Pero además el pecado hiere y debilita al pecador mismo, así como sus relaciones con Dios y con el prójimo. La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó.

Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual. Por lo tanto debe hacer algo para reparar sus pecados: debe "satisfacer" de manera apropiada, debe "expiar" sus malas acciones. Esta satisfacción se llama ordinariamente penitencia, que el confesor impone y debe tener en cuenta la situación personal del penitente y buscar su bien espiritual. Debe corresponder todo lo posible a la naturaleza y gravedad de los pecados cometidos. Puede consistir simplemente en oraciones, pero también en ofrendas, obras de misericordia, servicios al prójimo, privaciones voluntarias y sobre todo en la aceptación paciente de las cruces que la vida misma nos impone. Tales penitencias nos configuran con "Cristo el Señor que expió nuestros pecados con su sacrificio en la Cruz (Rm.3,25).

Antonio Luis Sánchez Állvarez,
párroco.

lunes, 20 de marzo de 2017

Partículas de formación... La Confesión I

San Juan Evangelista nos relata cómo el mismo día de la Resurrección de Jesucristo, al atardecer "estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “Paz a vosotros”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: “Paz a vosotros. Como el Padre me envió, también Yo os envío. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: 'Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedarán retenidos". (Jn 20,19-23)
Es impresionante el hecho de que lo primero que Nuestro Señor hace una vez resucitado, es conferir a sus Apóstoles el poder de perdonar los pecados. Bien sabe Jesús de qué barro tan frágil estamos hechos y la necesidad que tenemos de restaurar la Gracia bautismal perdida por el pecado grave.
Diversos nombres de este Sacramento
El principal objetivo de este Sacramento, es nuestra reconciliación con Dios y con la Iglesia. Es por ello el Sacramento de la Reconciliación.
Pero no puede darse dicha reconciliación si permanecemos en pecado, por lo que se impone una conversión de 180 grados, alejándonos de todo aquello que nos aparta de Dios. No podríamos convertirnos sin un sincero arrepentimiento, que en latín se dice penitere y por eso es el Sacramento de la Penitencia, que incluye una reparación por parte del pecador.
Declarar los pecados ante el Sacerdote, es un elemento esencial de la Reconciliación y por eso, también se denomina Confesión. Es igualmente el Sacramento del Perdón porque por la absolución sacramental del Sacerdote, Dios concede al penitente "el perdón y la paz".
Sólo Dios perdona los pecados
El Evangelio de San Marcos nos refiere la ocasión en que a Jesús le presentan un paralítico bajándolo por entre las tejas del techo, en una camilla. Viendo Nuestro Señor la fe de aquellas personas, le dijo al paralítico: “Hijo, tus pecados te son perdonados”. Con toda razón los escribas presentes pensaron que Jesús blasfemaba porque “¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?” Pero el Señor, para demostrar su divinidad y el poder que tiene para ello, cura inmediatamente al paralítico, que sale sano y perdonado a la vista de todos. (Mc 2, 1-12).
Pensar que un hombre cualquiera puede perdonar las ofensas hechas a Dios, es una tontería. El ofendido es Dios y Él perdona si es su voluntad.
Pero la voluntad de Dios no es tan solo perdonar al pecador arrepentido; sino el delegar este poder divino a los sacerdotes, desde el mismo día de su gloriosa Resurrección. (Jn 20, 21-23) Así la Iglesia viene a ser el signo e instrumento del perdón y reconciliación que Cristo nos adquirió al precio de su Sangre. San Pablo se sabe enviado por Cristo para ejercer el “ministerio de la reconciliación” (2 Cor 5, 18).
Al hacer partícipes a los apóstoles de su propio poder de perdonar los pecados, el Señor les da también la autoridad de reconciliar a los pecadores con la Iglesia. El poder de “atar y desatar” que Cristo confiere solamente a San Pedro (Mt 16, 19) como cabeza visible de la Iglesia, significa el poder excluir o aceptar de nuevo al pecador de la comunión con la iglesia... La reconciliación con la Iglesia, es inseparable de la reconciliación con Dios.

Antonio Luis Sánchez Álvarez,
párroco.

domingo, 19 de marzo de 2017

Día del Seminario

Hoy, día de San José, la Iglesia celebra la campaña del Día del Seminario Diocesano. San José ha tenido la misión de educar, acompañar, enseñar... a Jesús, cumpliendo la Voluntad del Señor tal como le había manifestado el Ángel en sueños. Ha pasado a la vida oculta, pero conocemos su labor por los frutos en Jesús y en María.
También el Seminario es un tiempo de vida oculta y crecimiento en la Voluntad del Señor, creciendo en muchos aspectos para seguir a los hermanos. Tenemos que tener presente continuamente a nuestros seminarios, Menor y Mayor, tanto a los seminaristas como a los que tienen la misión de formarlos. La oración hace que la semilla de la vocación dé frutos a su tiempo, ya que necesitamos abundantes y santos pastores que guíen al Pueblo de Dios hacia la Santidad. 
            Nuestra Parroquia tiene el privilegio de conocer de cerca a los seminaristas, y ellos a nosotros. Por eso tenerlo un compromiso firme de tenerlos presentes en nuestras oraciones. Os dejo dos vídeos que se publicaron ayer para nuestra Diócesis, las caras os sonarán.




sábado, 18 de marzo de 2017

Comentario Evangelio Domingo 19 marzo 2017 - III Cuaresma-Ciclo A - Jn 4,6-42

pou1
(Jesús le dijo: dame de beber)
Jesús va camino de Jerusalén. Los apóstoles se han quedado en Sicar para hacer las compras necesarias para el camino, porque aún quedaba buen trecho hasta Jerusalén. Jesús, cansado, se quedó descansando en el llamado pozo de Jacob, sentado en el pretil. Al cabo de un tiempo, llega una mujer con su cántaro, a sacar agua del pozo.
Hay que tener presente que los samaritanos, habitantes de aquel país, de Samaría, y los judíos no se trataban, eran enemigos, a causa de una serie de circunstancias históricas, y por tener distinta religión. Por eso la mujer samaritana que llega junto al pozo, con su cántaro, para sacar agua, se extraña de que Jesús le pida de beber. Pero Jesús contraataca. Tenía sed física, porque había caminado mucho por caminos polvorientos; pero tenía, sobre todo, sed de que aquella mujer descubriese el “don de Dios”. La mujer le niega el agua y le da la razón: los dos pueblos judíos y samaritanos no se hablan. Y se entabla un diálogo entre los dos, que desemboca en descubrir la mujer que tal vez aquel judío podría ser el Mesías. Le ha adivinado su vida. Y se convierte en la mejor propagandista, invitando a todo el pueblo a que se acerque hasta donde está Jesús.
Es un buen ejemplo de cómo aquel que haya descubierto en su vida a Jesús, debe convertirse en un apóstol que, de distintas formas, debe llevar a otros a encontrarse, también, con el Señor. A veces con palabras, otras con el ejemplo de su vidas, sobre todo con la misericordia, la caridad y el servicio.
Cuando nos han dado una gran noticia, una noticia muy importante, estamos deseando encontrar a alguien, a quien comunicársela. Así es como el creyente, que, de verdad, ha encontrado a Cristo, no puede menos de tratar de ayudar a otros, a encontrarlo, también.
El Evangelio es una “buena noticia"; vivámoslo, y ayudemos a que otros lo vivan igualmente.
Corazones en red

Es Cuaresma... aprovecha la oportunidad celebrando en Comunidad


El próximo viernes 24 de marzo, de 18.30hs a 19.30hs celebraremos el Acto Penitencial Cuaresmal, durante el mismo estará Expuesto el Santísimo Sacramento del Altar.

A las 19.30hs podremos compartir la Eucaristía y a continuación comenzará el Solemne Vía Crucis Parroquial por las calles de nuestro barrio.

El itinerario será:
I.    Interior Parroquia.
II.   Plazuela. Hermandad de la Yedra.
III.  Calle Sol.
IV.  Calle Sol .
V.   Calle Molineros, 29.
VI.  Convento Hermanas Clarisas.
VII. Parroquia San Miguel.
VIII. Parroquia San Miguel.
IX.   Calle Pavón.
X.   Calle Caballeros. Onda Jerez.
XI.  Calle Empedrada. Monumento a Lola Flores.
XII.  Calle Sol
XIII. Calle Sol (Azulejo Ntra. Sra. De la Esperanza Coronada).
XIV. Parroquia Madre de Dios.

Estamos todos invitados a esta intensa tarde, compartiendo los momentos de oración, reflexión y celebración en comunidad.

Anótalo en tu agenda: Viernes 24 marzo 18.30hs

Os esperamos a todos!!!!!!!

Es Cuaresma... aprovecha esta oportunidad de celebración en comunidad en torno a la Cruz.