miércoles, 27 de junio de 2018

Cristianos de carne y hueso


¿Cuál es el cuerpo 10 hoy? Los ojos del color deseado, que para eso hay lentillas. Pómulos o barbilla bien cincelada. Nariz recta (siempre podemos tirar de bisturí). Labios carnosos. El pelo, estiloso (abstenerse calvetes). Un buen torso (él) o un buen pecho (ella). Nada de grasa –para eso están el deporte, la liposucción o la última quimera de la teletienda–. Un vientre plano y esculpido, con unas abdominales bien marcadas es lo que se lleva. Glúteos firmes. Arrugas, las menos (siempre nos quedará el bottox). Manicura al gusto. Depilación integral. Después de todo, hoy se puede llegar a la ancianidad manteniéndose en forma como un pipiolo. Y todo bien cubierto con ropa de la última tendencia, según el estilo y gusto de cada quién. ¿Qué se lleva este año?
¿Cuál es el cuerpo 10 hoy? Los ojos capaces de mirar al mundo en su complejidad, y en sus heridas. La boca, dispuesta a hablar con palabras de verdad y de bendición, sobre todo de bendición, que ya hay mucha maledicencia en nuestro mundo. Las manos, ajadas de acariciar, construir, y abiertas para el encuentro y el abrazo. Entrañas de misericordia. Los pies dispuestos para echarse al camino, sabiéndonos siempre peregrinos. El corazón, dispuesto a implicarse, complicarse, vibrar… a veces romperse. En cualquier caso, siempre amar. Cicatrices, las que toquen, que al final de la vida es mejor llegar gastados, y que  los surcos hablen de risas y noches de desvelos, de preocupaciones por las cosas que importan, de cansancios y horas de reposo. Y todo esto, con la toalla ceñida a la cintura (Jn 13), y revestidos de compasión (Col 3, 12).
Qué raro es que a veces sea la primera opción la que atraiga más. Con lo fascinante que es vivir como cristianos de carne y hueso…

pastoralsj.org


domingo, 24 de junio de 2018

Comentario Evangelio del domingo 24 de junio: Nacimiento de Juan Bautista (Solemnidad)


San Juan, el hombre.

Dios lo eligió “desde el vientre de su madre”. Esto no significa que Dios trajo a un hombre a la existencia para darle una misión, sino que, porque necesita un profeta, nació un hombre. El hombre nace para cumplir una misión. Y cumpliendo cada un con su misión se realiza como persona. Lo importante es poder decir: “Misión cumplida”. Lo que hay que hacer en la vida, a veces, vale más que la vida misma. Normalmente, cuando nos preguntan como a Juan: Tú, ¿quién eres?. Sacamos todos nuestros títulos…soy Doctorado, Licenciado, Obispo, Párroco, Maestro etc. En cambio San Juan dice Yo no soy…El Mesías. No soy profeta…No soy… Soy la voz de otro que es el importante. Ser hombre es saber dar paso a otro que viene detrás de nosotros. .Y hará las cosas como nosotros o incluso mejor.


San Juan el profeta.

A veces entendemos mal eso de profeta. Decimos que es como un adivino que ve el futuro y nos habla de lo que va a pasar. Pero el profeta es el que anuncia y denuncia. Anuncia la Buena Nueva de Dios o de Jesucristo. Da buenas noticias sobre Dios y sobre Jesús. Y denuncia todo lo que está mal. San Juan era muy estimado por el rey Herodes. Éste le escuchaba, le respetaba. Pero un día el rey se cansó de su mujer y se encaprichó por su cuñada. Esto era un escándalo pero la gente, como era el rey, nadie se atrevía a decirle nada. Y llega Juan y le dice: Por muy rey que seas a ti no te es lícito tomar la mujer de tu hermano. Y le costó la cárcel y después la vida. Pero dijo la verdad, Pueden encarcelar al profeta, pero no su palabra. Y cuando lo matan toda su vida se convierte en “palabrea” en testimonio…


San Juan, el Santo.

De San Juan se dice que “nunca abaja el dedo”. No puede porque siempre debe apuntar a Jesucristo, a Dios. Dios es el Absoluto, el único necesario a quien debemos adorar. Yo no soy lo definitivo. Santos que sepan transmitir esa fe. Se cuenta de el niño que va con su padre a visitar una Catedral a medio día y el niño pregunta por esa figura que aparece en una de las vidrieras. Es un santo, le dice el padre. Y cuando la Maestra en la clase de religión pregunta a ver quién sabe qué es un santo, el niño responde: Un hombre que deja pasar la luz. Bonita definición de santo. Así fue San Juan. Un hombre lleno de luz, lleno de Dios y dejaba pasar esa luz a los demás. Necesitamos santos. Hombres y mujeres que señalen con el dedo a Dios y después sepan transmitir esa luz, esa fe, ese amor esa dulzura a los demás.

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sábado, 23 de junio de 2018

Nacimiento del Bautista


Lc 1,57-66.80
La mano de Dios está en Juan. A él toca regar y preparar la tierra para que venga el Mesías. Dios se vale de personas como el Bautista, que se convierten en riego, agua, frescura en medio de los desiertos de la vida.
Juan estuvo siempre en las manos de Dios. De hecho, se jugó la vida por él. No hubo protagonismos ni intereses que despistaran su vivir desde la voluntad del Padre. Así era Juan, hombre hecho y derecho, confiado, atento, oyente, curtido en el desierto. Hombre de Dios, referido a Él y referente para muchos.
Pero su brújula siempre miraba el Norte, el Mesías, Jesús. Damos gracias a Dios por Juan el Bautista, el más grande y pequeño de los profetas, un testigo también para nuestro tiempo.
Dibu: Patxi Velasco Fano
Texto: Fernando Cordero ss.cc.

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sábado, 16 de junio de 2018

Siembra nuestra tierra


Mc 4,26-34
¡Qué delicia de parábolas! A los que nos gustan los cuentos, encontramos en ellas el mejor lugar de inspiración, porque son del propio Jesús, ¡tan ocurrente, con la sabiduría del que vive para el Padre! Entusiasmarnos a leer el Evangelio es algo que debería ser connatural en nuestra vida cristiana.
Con estas dos parábolas tan agrícolas y naturales, en un mundo tan urbano y complicado, podemos relajarnos sabiendo que Dios hace crecer la semilla, hace que todos crezcamos, porque por mucho que intentamos creernos los “Super-Tal” en el fondo somos pobres semillas. ¡Qué sería de nosotros sin su continuo cuidado y amor!
Así es el Reino. Nos provoca contrastes. La semilla más pequeña que se convierte en gran arbusto. El más pequeño en la tierra es el más grande en el cielo. Nosotros, tan limitados, estamos llamados a la plenitud del Amor.
En nuestra oración le decimos: Ven a mi tierra y siembra la semilla de tu Amor.

Dibu: Patxi Velasco Fano
Texto: Fernando Cordero ss.cc.

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viernes, 15 de junio de 2018

Ensayo de la mirada


No se trata de dar la vista, nos recordaba Platón, sino mirar a donde es menester y darse cuenta con hondura de los aspectos de la realidad, poder percibir las cosas de otra manera. Posiblemente su mundo, cargado de sofismas, como el nuestro, nos lleva a una mirada proco profunda, se repiten los mismos eslóganes, posiblemente hoy con un lenguaje un poco más refinado.
Una mirada que buscamos requiere un contemplar lento y reflexivo, atento a las pequeñas cosas, es un mirar que nos conecta con el mundo y  nos hace visible los padecimientos invisibles e inoportunos. Este mirar atento,  tiene mucho que ver con el respeto, con la persona, con la fragilidad, con la dignidad, con la solidaridad, con la justicia, con el otro, con lo otro, con uno mismo.
Esta mirada se hace necesaria en un mundo donde todo fluctúa en la indiferencia sin cualidades, ricas en cosas materiales, casi todo consumible y desechable, donde muchos no se reconocen en la trivialidad casi inhumana. Frente a la cultura del yo y del egoísmo, del distanciamiento total, la mirada atenta propone la proximidad, la supresión de toda distancia. Una sociedad analfabeta de emociones, la pobreza, el miedo, el dolor, la incertidumbre, la exclusión social, los inmigrantes y refugiados políticos que gritan sin ser oídos en los márgenes de la exclusión, a la intemperie en una existencia enmascarada. Como exiliados de la existencia sin comunidad, en medio de una sociedad que celebra la banalidad y otras juergas, enferma e instalada en la consumo y en la ceguera.
Es necesario volver a mirar, una mirada humilde e indagadora, que para ver claro nos decía Saint-Exupéry, basta con cambiar la dirección. Aprender a mirar significa mirar de nuevo, como si las cosas  aparecieran por primera vez, centrarse en lo esencial, lo sencillo y lo más humano. Nuestra mirada atenta, requiere abrir la ventana del alma que reclama todo lo humano y nada resulta ajeno, es un situarse en la cercanía de la humanidad herida desde la sim-patía. La simpatía es un detenerse ante el misterio del hombre y saber mirarlo con amor, ser solidario, mantenerse en onda, escuchar, entender, dialogar y discernir.
La desesperación de vivir sin rumbo y a la intemperie de tantos inmigrantes, las muertes en las playas, las vallas en las fronteras, la falta de eficacia en la gestión comunitaria y la vergüenza de sus medidas donde se prima la expulsión, nos interpela a una mirada crítica. Las personas que sufren se quedan sin voz. La desesperación y la injusticia las dejan sin palabras, no son capaces de gritar su protesta. El grito de la desesperación nos interpela a una mirada de la misericordia, más eficaz y comprometedora. Esta mirada no nos deja indiferentes, sino inquietos y alterados ante las injusticias, que es una mezcla de asombro y de indignación. Es la mirada de tantos sufrientes al borde del camino, su mirada es mi mirada, es una mirada prójima que apela a lo más profundo del corazón.
La mirada atenta y misericordiosa se inclina para acercarse al herido, al refugiado, se compromete con su situación, toca sus heridas. No es suficiente estar informados, hay que acercarse a la cuneta y palpar el dolor y los gemidos. La mirada atenta es una mirada llena de cariño, respeto y amor, es una mirada inclinada a aliviar el sufrimiento e infundir esperanza. Esa mirada atenta sabe mirar la vida amorosamente hasta el fondo y puede vislumbrar las huellas de ese misterio que nos transciende en el hermano sufriente.
Mirar nuestro mundo desde la fe, es mirar con ojos espiritualmente abiertos, liberar la mirada para no perder la razón y la solidaridad, como recordaba Saramago en su Ensayo sobre la ceguera. El excelente escritor articula un grito humano sin Dios, pero ante la situación de nuestra realidad, llama a desplegar la lucidez y el vivir con humanidad ante la indiferencia existencial. Esa lucidez de Saramago agita las bienaventuranzas del reino.
Tal vez, en esta mirada está la esencia del Evangelio: “Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. Amar al prójimo es la clave de todo lo bueno y lo distintivo del ser cristiano. El amor al prójimo, nos recordaba Juan Crisóstomo, es mejor que cualquier práctica de virtud o de penitencia, mejor incluso que el martirio. La espiritualidad de la mirada atenta comienza por “abrir los ojos”, germina en un corazón educado en la misericordia y se hace realidad en abajarse socorrer al herido.
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