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jueves, 31 de diciembre de 2020

Caen las hojas del calendario


Caen las hojas del calendario y ya pronto estrenaremos uno nuevo con bonitas ilustraciones que acompañen el año 2021.
 
Cada día tachado en mi calendario tuvo una historia, un proyecto, una alegría o una decepción. 

Cada cruz revela el tiempo pasado, los buenos momentos, las metas alcanzadas y las que aún me quedan por alcanzar.

Cada hoja arrancada pasa una página más del libro de la vida que progresivamente voy escribiendo.

Al final de este año, descubro lo que conseguí, las esperanzas puestas en proyectos sencillos pero a la vez cargados de esfuerzo y tesón.

Descubro las veces que amé y las que dejé de amar al hermano que más cercano tenía.

Descubro los grandes pasos dados por alcanzar utopías y las veces que la desilusión se apoderó de mí.

Descubro la importancia de ser yo misma y las ocasiones en las que el miedo me replegó e intimidó.

Descubro la grandeza de la amistad, la importancia de tener buenos amigos con los que poder compartir lo que soy y tengo.

Descubro lo bello de darme a mi misma en cada cosa que hago, con entereza, seriedad… pero también con cierta dosis de «locura», necesaria para marcarte nuevas metas.

Descubro la importancia de lo vivido, lo bueno y lo menos bueno, porque en todo ello Dios iba escribiendo y marcando una pauta.

Ha habido días que hubiera preferido que no existiesen, pero también ha habido muchos más días en los que la vida se ha mostrado como un bello camino a seguir, con sus piedras y tropiezos, pero con un Dios que SIEMPRE ha estado PRESENTE.

Ese Dios ha ido tachando cada día conmigo, ha arrancado las hojas a mi lado y ha sonreído con cada logro alcanzado.

Mi calendario nuevo de este año tiene unos paisajes que lo embellecen, que me recuerdan la grandeza del mundo en el que vivimos y de mi pequeño mundo en el que yo, mis circunstancias, los acontecimientos, las personas… caminan junto a mí y vivirán cada día del 2021 como un gran regalo que Dios me hará cada amanecer.

Encar_AM



viernes, 4 de septiembre de 2020

Paso a paso… cada día tiene su afán



Aunque no nos movamos en el ámbito educativo, nuestra vida se organiza inevitablemente al ritmo del curso escolar. Septiembre es siempre época de inicios, de propósitos y de proyectos nuevos. Lo que suele ser una época de ilusión y novedad, este año se ha convertido en un tiempo de incertidumbre gracias al COVID-19. Por más escenarios y posibilidades que se tengan en mente, nadie sabe muy bien cómo va a derivar la situación. No sabemos si habrá rebrotes, “nuevas olas”, vuelta atrás en las fases de desescalada o incluso confinamiento. El futuro es incierto y nos cuesta gestionarlo.

Nuestra incapacidad para prever el futuro puede ser una oportunidad para centrarnos en el momento presente y, como dice cierto entrenador de fútbol, ir “partido a partido”. En este año tan “raro” la invitación puede ser a centrar en el aquí y el ahora todo nuestro interés, poniendo en juego nuestras capacidades, a vivir con intensidad cada situación, a volcar el corazón en cada encuentro personal que se nos regala en el hoy y a dejar el mañana, que no podemos controlar, en manos de Dios.

Ya sabía Jesús que a veces no saboreamos con hondura lo que tenemos delante, por eso nos anima diciendo: “No os preocupéis del mañana; el mañana se preocupa de sí mismo. Cada día tiene su propio afán” (Mt 6,34). Si este consejo es siempre útil, ¡cuánto más si el mañana nos resulta impredecible! Lancémonos a vivir día a día, saboreando cada momento como único y especial.  

Ianire Angulo Ordorika

acompasando.org



miércoles, 29 de abril de 2020

El amor en los tiempos del coronavirus



En tiempos de incertidumbre, cuando nos encontramos frente a frente con el dolor, lo desconocido y la falta de respuestas, el instinto nos repliega. El miedo nos paraliza, no nos deja ver la luz al final del túnel y muchas veces, de forma natural, respondemos con egoísmo, negando, rechazando o queriendo solamente volver a nuestras seguridades.

Por suerte, en otras muchas ocasiones, nos sobreponemos y nos agarramos a la esperanza, reaccionando con creatividad y agradecimiento. Y en estos días, son muchas las muestras y muchos más los gestos que agradecer a tantos y tantas. Hay vecinas ejemplares, artistas en los balcones, personal entregado al servicio público e historias heroicas. Hay plataformas de voluntariado a las que recurrir y desde las que ponernos a disposición.

Pero cuando aterrizamos en lo ordinario, en lo duro del confinamiento, las soledades, las distancias, los silencios, las oscuridades, los miedos… Cuando no hablamos de cifras, sino de nombres y rostros, de nosotros. Ahí es donde nos toca reinventar las formas de sanar, las maneras de estar juntos. Ahí es cuando es más necesario, como reza la oración, «encontrar a Dios». En definitiva: amar.

El amor en los tiempos del coronavirus pasa, primero, por renunciar. Por quedarse en casa para proteger al otro. Y el amor en casa es el de las pequeñas cosas: es leer por enésima vez ese cuento, es preparar su plato preferido, es bailar esa canción, es compartir tareas, es cumplir honradamente, aunque no me vean y avanzar ese trabajo que te mata de pereza, pero sabes que va a aligerar el trabajo de tus compañeros.
Amar entre cuatro paredes es también amarse a uno mismo, que a veces nos perdemos de vista. Parar y mirarnos por dentro, además de por fuera. Es permitirnos llorar y tener miedo, pero también reír. Es dedicar tiempo a ese dolor enquistado, a ese perdón. Es recuperar esa pasión dejada de lado, ponernos con aquel libro que nunca tuvimos tiempo de leer. Es repensar, revisar, desafiarnos y agradecernos.
Pero amar en estos tiempos inciertos es, sobre todo, ser valiente. Que eso no supone –solamente- dejarlo todo y salir corriendo detrás de nuestro sueño. Porque el amor profundo, visceral, radical, no es el de las películas, sino el de la entrega.

Dejarse tocar por Dios y amar, AMAR en mayúsculas, en medio del temor, es tener el coraje de sacar esa conversación. Es levantar el teléfono y hacer esa llamada pendiente. Es asumir debilidades, reconocer sentimientos y aprovechar la intemperie para arriesgar. Es tomar decisiones. Es empezar, retomar, redescubrir y redescubrirse ante Dios.

Es atreverse a propagar el Evangelio –la reconciliación, el perdón, el encuentro, la alegría y la esperanza–, como forma de luchar contra el virus del miedo.

pastoralsj.org



miércoles, 22 de abril de 2020

Y ahora, ¿qué?


Pasó la Cuaresma, pasó la Semana Santa… y un mes después seguimos en este tiempo de aislamiento comenzando a celebrar la Pascua. Durante la Cuaresma la crisis de la COVID nos invitaba a profundizar en el sentido del tiempo de conversión: silencio, aislamiento, prueba, cambio de vida, desierto, tentación... Pero ¿Y ahora?

También vivimos la Pasión con un rostro sufriente fácil de reconocer. No necesitábamos buscar cruces, ni tumbas abiertas, ni madres dolorosas, ni amigos desperados, bastaba mirar las noticias. Pero ¿Y ahora?

¿Dónde está la luz? ¿Dónde la alegría? ¿Dónde la comunidad que celebra la presencia del Resucitado? ¿Dónde la vida venciendo a la muerte? Este tiempo de Pascua que se abre ante nosotros es para muchos nuevo. Muchos hemos vivido siempre la Pascua en un contexto de alegría natural, de vacaciones, de fiesta. Y ahora ¿qué Pascua celebramos?

De nuevo aparece aquí un diálogo fundamental, la conversación entre la realidad y la fe. El diálogo supone que ambas partes se reconocen, se hablan y se escuchan. Los discípulos no experimentaron la Resurrección inmediatamente como una gran fiesta. María no fue capaz de reconocer al Resucitado a primera vista. Las mujeres no salieron del sepulcro colmadas de felicidad, sino con miedo y alegría. A Tomás no le bastó con saber que Jesús había resucitado. Los discípulos seguían encerrados después de saber la noticia. Lo fueron descubriendo al poner en diálogo la realidad de su miedo y sus dudas con la alegría y la esperanza que manaba de su fe.

Tal vez nos habíamos acostumbrado con demasiada facilidad a que el contexto facilitaba la experiencia personal, y ahora es tiempo de descubrir que, aunque estén cerradas las puertas, Jesús se vuelve a poner en medio. Él nos vuelve a salir al encuentro, vuelve a caminar con nosotros, pero nosotros debemos querer reconocerlo. Hoy debemos poner en diálogo la oscuridad de la realidad que nos envuelve y la luz de la fe en el Resucitado. Y lo debemos hacer cada uno personalmente, porque el encuentro con Cristo es personal.

Quizás esa sea la invitación de este tiempo, redescubrir qué nos dice Jesús Resucitado en nuestra realidad concreta. Discernir qué supone anunciar la Vida eterna en este tiempo de vidas truncadas. La Resurrección de Jesús toma la realidad humana para revestirla de gloria, también esta realidad que nos envuelve ahora, atrevámonos a hacer este camino.

Javier Prieto


pastoralsj.org


jueves, 21 de noviembre de 2019

Tiempo de milagros


No sé si creo en un dios demasiado milagrero. Tal vez soy demasiado conformista, o mi fe es demasiado racional. Tal vez me falta ambición creyente. Pero los milagros, para mí, son todo y nada. Me explico. En tiempos de Jesús llamaron milagros a cosas extraordinarias (que entonces no tenían explicación, y muchas de ellas tal vez hoy sí).  Es verdad, hay cosas asombrosas en la vida. Pero entiendo que a mucha gente le repatee pensar en los milagros como intervenciones arbitrarias de un Dios que, cuando quiere, cambia las dinámicas de su creación porque sí. O entiendo que haya gente inquieta, que ante ese Dios que sólo deja la opción de “callarse y acoger el misterio”, porque sus designios son tan inescrutables, prefiera prescindir de lo divino. Entiendo que haya gente para quien la afirmación de que algunas cosas absurdas pasan es que "así lo ha querido Dios” le deje indignada con ese Dios…
Por eso me cuesta aceptar esa actuación intempestiva de Dios. A veces, cuando nosotros insistimos en los milagros (por ejemplo, para probar la santidad, como si le exigiésemos a Dios una garantía), me viene a la cabeza la desesperación de Jesús contra aquellos que pedían signos para poner a prueba a Dios… Y es que, de alguna manera, milagros son cosas mucho más cotidianas y al tiempo admirables. El milagro eres tú cuando amas a otra persona sin exigirle nada. Somos nosotros, cuando perdonamos, mucho más allá de la lógica o de una justicia contable. El milagro soy yo, y tú, que, con todas nuestras pequeñeces, sin embargo podemos proclamar a un Dios bueno, podemos crear caminos para ser recorridos por hombres cansados.
El milagro eres tú, y soy yo, cuando, aun en las circunstancias más adversas somos capaces de sonreír con una semilla de esperanza. Eres tú, y soy yo, cuando acariciamos la vida. Hoy es milagro compartir sin cálculo (que los cestos ya están llenos de panes y peces, pero a muchos no les llegan). Es milagro nuestra capacidad de abstraer, admirar, pensar, avanzar y querer. Es milagro nuestra imaginación que nos permite descubrir nuevos horizontes. Lo es, en fin, la capacidad de entregarse sin condiciones, sin marcha atrás, sin tacañerías, a los otros. Es milagro, al final, decir en voz alta las bienaventuranzas, y sentir que esa verdad te quema y te apasiona. Y cuando miro en torno, y percibo esos milagros, entonces intuyo, agradecido, a Dios.
José María Rodríguez Olaizola, sj

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jueves, 7 de noviembre de 2019

Orar el propio selfie


Hay miradas capaces de hacernos sentir grandes, bellos, inteligentes, deseados, especiales, amados; y miradas capaces de hacernos sentir poco, feos, tontos, rechazados, desgraciados y odiados. Hay miradas que nos destruyen y miradas que nos construyen. La mirada tiene una gran fuerza comunicativa, y la capacidad de revelar sentimientos con más fuerza que las palabras. No pocas veces podemos decir sentirnos de tal manera y nuestra mirada revelar que a realidad es otra. Las miradas descifran tantas cosas de los otros y de nosotros mismos.

La tan criticada selfie tiene una magia muy original: es la captura de mi mirada por mi propia mirada. ¡Cuánto puede revelarnos mirar nuestra propia mirada! Somos, habitamos este nuevo mundo digital, en nuestras redes sociales o en nuestros dispositivos móviles tenemos selfies, miradas capturadas por nuestra propia mirada. En la verdad y la intimidad que nos encontramos en nuestro espacio de oración personal, propongo que tomes una de 'tus miradas', haz el ejercicio de orar con el propio selfie.

Con libertad, cuidado, honestidad y respeto, miremos nuestra propia mirada:

¿Qué sentimientos revela?
¿Cómo estás mirando?
¿Hay otros?
¿Qué has escrito sobre esta publicación?
¿Cómo titularías este selfie?
¿Cómo te sientes?
Presenta tus miradas a Dios. ¿Cómo las mira? ¿Cómo te mira? ¿A qué te invita?
Vuelve a mirar tu mirada, ¿qué descubres de novedad?

Orar el propio selfie es un ejercicio de honestidad, de confianza y de mucha intimidad; esos son los momentos en que solemos disponernos para el encuentro con Dios.
Encontremos en este juego de miradas, la invitación de Dios para nuestra vida.

Hernán Quezada, sj

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miércoles, 6 de noviembre de 2019

La normalidad del privilegio


Nos parece normal. Desde que nacemos. Nos educan así desde pequeños.
Es normal que tengamos que encajar en un rol de género. Que haya una persona pidiendo en el semáforo por el que paso todos los días. Que asciendan a un varón en vez de a una mujer porque ella se puede quedar embarazada, al estar recién casada.
Es normal que no nos hablemos con otras razas, aunque vivan en el portal de enfrente, o que haya países enteros que nunca vayan a desarrollar una red de agua potable para sus ciudadanos.
Normal es que las trabajadoras domésticas tengan un régimen especial en la Seguridad Social más propio de la esclavitud que de un empleo digno.
Es normal que quien es ama de casa por criar a sus hijos o cualquier otra circunstancia considere que ella no trabaja, cuando trabaja con sus cuidados igual o más que si tuviera un empleo fuera del hogar. Parece normal que escriba ama de casa, en femenino, porque se asume que un varón nunca va a desempeñar ese trabajo.
Normal es que los suicidios sean una realidad invisible en las sociedades ricas.
Normal es que la asistencia buco-dental no esté garantizada para todos, porque la boca y los dientes no son un asunto primordial de salud.
Es normal que en el mismo mar donde me baño se ahoguen personas y que se persiga a quienes tratan de rescatarlos.
Normal es que los políticos no busquen el bien común de las personas y no alcancen acuerdos que mejoren la vida de las personas.
Es normal pelearse por el nombre de cada país, por el sentimiento identitario que cada uno tiene, mientras los servicios básicos son cada vez más precarios.
Es normal que los niños jueguen más con pantallas que con otros niños. Que los jóvenes sepan que les espera un trabajo precario y que fundar una familia sea un sueño cada vez más lejano.
Es normal que haya espacios de la ciudad vetados para determinadas personas por cómo visten.
También es normal que haya mujeres que tienen miedo al volver a casa de noche por determinadas calles.
Es normal vender sabiendo que estás engañando, aunque sean grandes inversiones o ahorros de toda una vida. Lo normal es progresar económicamente caiga quien caiga. Que el mercado preceda a la persona. Lo normal es comprar el último modelo de todo, entre otras cosas porque el móvil de hace dos años es normal que explote solo. Obsolescencia programada, creo que se llama. Es normal que esos minerales que lo forman los hayan obtenido menores.
Es normal que viajando por cualquier autopista haya clubes de prostitución con más de un coche estacionado.
Es normal que el poder sea controlar, decidir, ocupar y no servir.
Es normal que se quemen los bosques, da igual si es en el Amazonas, Siberia, Portugal o California. Y que los océanos se llenen de plásticos.
Es normal no vacunar a unos hijos, tanto como que las farmacéuticas hayan experimentado con seres humanos a costa de su salud. Es normal que haya personas refugiadas y desplazadas.
Es normal que la tierra no sea para todos y que no haya un destino universal de los bienes.
Normal es tirar comida sin ni siquiera cocinarla.
Y que los padres defiendan a sus hijos, incluso cuando saben que el profesor tiene toda la razón y los hechos así lo acreditan.
Es normal que quien ostenta el privilegio quiera mantenerlo. También, que se violente si se pretende cambiar el orden establecido. Como es normal que quien tenga esos privilegios busque que te creas que lo normal es que así continúen las cosas.
Sin embargo, lo normal es, muchas veces, lo anormal.

Buscad el bien, así todo será cada vez más normal.



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jueves, 3 de octubre de 2019

Lo probamos y ya vemos


Nos hemos convertido en auténticos expertos en ir encadenando promociones, periodos de prueba, suscripciones gratuitas… En ir probando todo, pero sin comprometernos, sin ni siquiera plantearnos comprar el producto final. Solo por disfrutar de algo gratis.
Y es que lo gratis es el paradigma actual de lo atrayente. Y a la hora de vendernos sus productos las empresas no desaprovechan la oportunidad de hacernos sentir más inteligentes que el resto al descubrir una oferta nueva. O de que nos creamos que podemos engañar a la empresa de turno, a la plataforma que tiene esa serie que nos han recomendado y de la que haremos un maratón antes de que nos caduquen los 30 días gratis. No es algo nuevo, el supuesto anonimato de las redes y la creencia de que en internet todo debe ser gratis nos lo ha acentuado. Probablemente si tuviéramos que ir a una oficina de HBO y darnos de baja ante un empleado nos costaría mucho más que con un par de clics y un formulario online. Ya hasta están desarrollando una app que lo hará por nosotros. Ni siquiera tendremos que esforzarnos en una posterior baja del servicio.
Anhelamos una vida gratis. De recibir sin estar obligados a dar. Aunque, paradójicos como somos, al mismo tiempo que buscamos lo gratuito desconfiamos de la gratuidad. Desconfiamos de quien nos da sin esperar nada a cambio y buscamos la trampa. No vayamos a comprometernos de un modo estable con algo o con alguien. Quizás este sea el auténtico cebo que usan para engancharnos con lo gratis: «no será para siempre».
Asumimos que lo gratuito es lo que no compromete, lo que me pone a mí en el centro, recibiendo, sin exigir. Y por eso lo buscamos y peleamos por conseguir ese chollo. Los compromisos sin compromiso, los «ya iremos viendo, si eso». Aunque en el fondo –a veces muy en el fondo– sabemos que ese concepto de gratis que tenemos no existe.
La gratuidad es exigente. Requiere fortaleza, perseverancia, esfuerzo. No es tan fácil recibir sin dar nada a cambio, incluso cuando lo vivimos plenamente, es más difícil que dar sin esperar nada. Porque la desconfianza nos asalta. Porque seguimos teniendo en el ADN que solo es valioso lo que nos ganamos. Y recibir sin ningún mérito nos pone en alerta. Sin embargo, pocas experiencias vitales serán tan plenas como vivir en gratuidad, dando y recibiendo sin objetivos, agendas, comparaciones. Simplemente agradecidos y comprometidos.
Álvaro Zapata, sj

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miércoles, 2 de octubre de 2019

El Evangelio según tú


Una vez, oí decir a un compañero jesuita que la Biblia debería contener unas cuantas páginas en blanco para que cada uno de nosotros escribiésemos nuestro propio encuentro con Jesús. Porque lo cierto es que el Evangelio sigue siendo un libro inacabado que se continúa escribiendo con nuestra propia vida. Por eso, está el Evangelio de Mateo, Marcos, Lucas, Juan… y el tuyo. Aquel que escribes cuando, en un campo de trabajo, el Señor se te aparece en el rostro de un niño o de un enfermo. Esa Buena Noticia que cobra forma cuando dejas de mirar el reloj y una conversación te atrapa. O ese momento de oración en la que de repente todo cobra sentido y Jesús se sirve de tu lenguaje y tus palabras para hablar contigo. Nuestra vida puede ser Buena Noticia si nos lanzamos a mirar el mundo con fe y nos creemos que el Evangelio también puede ser escrito según…

Es ahí cuando uno comprende mejor las palabras de san Juan al final de su Evangelio: quedan otras muchas cosas [por escribir] que hizo Jesús. Si quisiéramos escribirlas una por una, pienso que los libros escritos no cabrían en el mundo. Entonces, como ahora, los libros siguen sin caber. Quizás por ello no hay páginas en blanco a continuación del último de los libros de la Biblia, porque nunca seríamos capaces de dar por terminado el relato.

José Luis Olea, sj

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martes, 1 de octubre de 2019

Cañita, serie y Ryanair


Cañita, serie y Ryanair. Algún concierto interesante, Spotify premium y abono en el fútbol. Cenas, gintonics y gimnasio para calmar cuerpo y conciencia. Fin de semana en la playa, running y partidillo entre semana. Cuando se puede un libro interesante, buen cine y caprichos de cocina gourmet, porque eso ahora también es cultura. Qué decir de las horas en Instagram, los youtubers y la mascota para no sentirse solo. En verano un viaje largo para abrir mundo y no olvidar el inglés, es más que una experiencia. Afterwork para hacer piña con los del trabajo y Tinder de vez en cuando, por eso de conocer gente nueva...
No todo lo anterior es malo, ni mucho menos, algunas cosas son tan buenas como necesarias. Nos ayudan a descansar, a estar con otros y a disfrutar del día a día. Sin embargo, hay un riesgo grande: pensar que la vida es solo esto. Ir llenando –o rellenando– nuestro tiempo de actividades que en principio nos encantan pero que no nos sacian. Y lo peor no es solo eso –porque nuestra capacidad de autoengañarnos es inmensa–, el drama es que mientras nos distraemos con placeres y pequeñas metas volantes quitamos espacio a los grandes sueños, a los ideales y a todas aquellas razones firmes que dan sentido a una vida. Anestesiamos nuestra pasión por vivir a cambio de una supuesta felicidad a base de dopamina.
Madurar puede entenderse de muchas maneras. Quizás una de ellas tiene que ver con saber ordenar prioridades, tiempos y sueños, de forma que seamos lo suficientemente lúcidos para aprovechar la vida en serio y no solo dando gusto al cuerpo. Es poder diferenciar horizontes cercanos de espejismos vacíos, pues en todos late el deseo de querer vivir con mayúsculas. Encontrar los cimientos sobre los que construir el futuro con sentido y determinación. Ojalá seamos capaces de descubrir lo esencial en cada historia, porque cuanto mayores sean nuestros horizontes más plena será nuestra vida.
Álvaro Lobo, sj

pastoralsj.org


viernes, 13 de septiembre de 2019

Es mejor sembrar

Siempre es mejor construir que destruir. y sembrar es construir para el día de mañana, para recoger más adelante. Siembra tu fe, para sostener y apoyar a los que vacilan. Siembra tu abnegación y no la reserves solamente para ti. Siembra tu confianza y Dios no te dejará ni los hombres te fallarán.
Siembra la sonrisa a tu alrededor; la sonrisa hace bien y te hace bien, la sonrisa disipa nubes y suaviza tiranteces. Siembra tu dulzura y llegarás a conquistar a los hombres, aun a aquellos que tienden a la violencia o no saben dominarse.
Siembra tu amistad, tu gozo y tu entusiasmo en todos aquellos que lo necesitan, pues así llegarás a hacer felices a los demás y ellos te harán feliz a ti.
Siembra tus sacrificios, aun con lágrimas y sin alarde; todo sacrificio requiere una cuota de dolor y de sangre; pero toda sangre es redentora y toda lágrima es purificadora.
Siembra toda tu vida; que toda tu vida sea una verdadera siembra de alegría, de bondad, de paz y de amor; el que siembra luz, recogerá calor; en cambio, el que siembra vientos, recogerá tempestades.
«Todos ustedes son hijos de la luz e hijos del día. Nosotros no somos de la noche ni de las tinieblas»
1 Tes, 5, 5
Como hijo de la luz, debes iluminar a cuantos están cerca de ti; iluminarles, para llevarles al Señor. Que las tinieblas no iluminen, no es extraño; pero que la luz se apague, causa angustia.
Fuente: Los Cinco Minutos de Dios, Alfonso Milagro
reflejosdeluz.es


viernes, 17 de mayo de 2019

Caminos hacia Dios: la música



Dios se parece mucho a la música. Es Misterio que reúne los elementos dispersos de nuestra vida creando armonías siempre nuevas. Es Voz que susurra su bondad en el oído del ser humano al punto de dejarlo con ganas de bailar ante su presencia, como David. 

Dios se asemeja a la música cuando, al estar con él, el tiempo parece suspendido y, sin embargo, en paralelo, se está tejiendo el ritmo de la historia personal. Esa historia que no puede encontrar sentido si no es en el cadencioso compás del Gran Compositor de melodías. Con esa melodía es que nuestra pequeñez se hace parte del lenguaje común en el que están todos los sonidos que hubo y habrá en el universo entero.

Por eso, es necesario encontrar el tono único con el que damos en la propia armonía en medio de la Creación y dejar que el espíritu de Dios nos impulse a interpretar esa canción que nos hace vibrar en la misma sintonía: ser imagen suya.

pastoralsj.org


miércoles, 15 de mayo de 2019

A ver si quedamos


Puede que sea el tamaño de las grandes ciudades, la cultura que valora más el hacer que el estar o una agenda ultracomprimida, pero tengo la impresión de que cada vez es más complicado quedar con las personas. Somos tan celosos de nuestro tiempo que nos cuesta mucho modificar la rutina cuando conlleva algo de renuncia. Hay personas con las que conseguir tomar un café resulta más complicado que negociar el Brexit. Si coincide que puedo y no hay nada mejor, bien, si no, patadón arriba y ya se verá… O te adaptas a mí o no hay plan. Y esto empieza a ser generalizado, a mi al menos me pasa bastante.
Nuestra forma de actuar habla de lo que llevamos dentro, en lo profundo. Este modo de vivir que economiza las horas y calcula las relaciones en función del interés denota una paradójica pobreza: no soportamos la gratuidad. Darnos sin esperar nada a cambio. No es cuestión de dinero. Se trata del descentramiento que nos lleva al otro, que tiende puentes y genera vida. Lo contrario hace que la realidad bascule siempre sobre nuestro ombligo y el virus del egoísmo nos contagia a la vez que estamos encantados de lo bonita que es nuestra vida. La falta de gratuidad nos lleva a ensismismarnos con nuestra propia solitud.
En nuestras latitudes el tiempo es de las cosas más valiosas que tenemos, a veces por encima de la salud y, por supuesto, del dinero. Un bien que se nos da y que muchas veces daríamos media vida por un instante. Es irreversible. No se puede recuperar. Pienso en la gente que marcó mi vida y fueron expertos en regalar su tiempo. Si nuestro uso del tiempo no nos abre a los demás tenemos un serio problema. Regalar tiempo es una forma de querer a las personas. Ojalá seamos capaces de valorar este bien tan preciado, pero no para cuadrar nuestra agenda perfecta o para alimentar nuestro ego, sino para abrirnos a los demás y entregarlo en aquello que realmente merece la pena.
Álvaro Lobo, sj
pastoralsj.org


sábado, 22 de diciembre de 2018

"¿NAVIDAD?"

Sí, Navidad entre interrogantes y comillas porque cada vez entiendo menos qué es este tinglado que nos hemos montado y al que llamamos “Navidad”.
No entiendo cómo podemos seguir relacionando la avalancha de regalos generalmente superfluos y algunos hasta inútiles con lo que de Regalo tiene la Navidad. La Vida misma es el regalo, Dios es el regalo que se nos hace, Dios se nos regala, se da, se entrega vaciándose y nosotros lo “celebramos” llenándonos de tonterías caras. Me cuesta mucho que exista una obligación tácita de regalar cosas, pero no nos planteemos que el mejor regalo en tantos casos es el hacernos presentes de veras y no parapetados en felicitaciones vacías de sentidos y ocultos tras mil paquetes de regalitos de todo tipo.
No entiendo que “celebremos” que Dios nació pequeñito, pobre, casi sin lugar calentito donde nacer dejándonos los “cuartos” en comida pantagruélicas que incluso nos dejan medio enfermos y necesitados de “almax” para acabar de digerir tanto langostino, turrón y champán mientras lo que menos alimentamos es el Alma que es el ámbito de lo divino. Creo que lo verdaderamente divino se nos atraganta.
Sí, “¿Navidad?”. Una Navidad sin alma, pero con “almax”. Una Navidad de “Corte Inglés” y “Zara” pero con pocas visitas a Belén, el espacio vital de lo pequeño, de lo sencillo, de lo que nace de veras de la entraña, sin nada superfluo.
Me pregunto con preocupación si los cristianos y cristianas hacemos bien transigiendo con los montajes de estas fechas. Me pregunto qué pasaría si poco a poco fuéramos haciendo una “huelga de Navidad” y diéramos de veras “razón de nuestra esperanza” negándonos con dulzura y amabilidad a participar de la carrera consumista en la que nos metemos desde el 25 de diciembre al 6 de enero.
Me siento extraña y ajena a todo este tinglado, me sobra y me enferma. Miro el pequeño Belén de casa, el niñito en pañales y me pregunto y le pregunto a él qué tiene todo esto que ver con Él. Me sonríe y me acaricia el alma y escucho en mi corazón ese saludo del de Asís: “PAZ Y BIEN”.
Elena Andrés
www.acompasando.org

miércoles, 24 de octubre de 2018

Pedir perdón y perdonar


Hace unos meses que ronda en mi cabeza con preocupación la dificultad que estamos viviendo como individuos y como sociedad para pedir perdón y para perdonar.
Por un lado observo en mí mismo, a mi alrededor, en los personajes públicos... que pedir perdón, tener un gesto de humildad reconociendo de palabra o con gestos que a veces nos equivocamos y metemos la pata, parece que es de personas inferiores y que es signo de debilidad. Pero no podremos avanzar en ningún aspecto de nuestras vidas y de nuestro mundo sin pedir perdón y sin perdonar.
Y es que no podemos olvidar que pedir perdón nos libera, nos libra de remordimientos y culpabilidades insanas, nos hace sentirnos compasivos y misericordiosos con los demás, nos ayuda a recordar que somos limitados y, lo más importante, nos ayuda a vivir en verdad.
Por otro lado también creamos muchas resistencias a la hora de perdonar. Perdonar es asumir que no hay vuelta atrás, que las cosas no se van a poder modificar en muchos casos, pero a la vez es asumir que hay un mañana mejor, que hay que tener esperanza y confiar. Y es que cuando perdonamos avanzamos a pasos de gigantes, levantamos de nuevo puentes y cosemos heridas, dándole una nueva oportunidad a las situaciones.
Y es que en este momento faltan ejemplos de personas que sepan pedir perdón y perdonar, que sepan vivir en verdad y sean capaces de disculparse y aceptar disculpas, más allá de sus intereses personales y partidistas en beneficio del bien común. Es importante recordar que a lo largo de la historia en cada conflicto superado hubo un gran ejercicio de perdón y de saber perdonar por parte de todas las partes implicadas. No hay individuo, ni grupo humano, ni sociedad, que tengan futuro sin personas íntegras que sepan pedir perdón y perdonar diferenciando claramente nuestros errores de nuestra valía como personas.
Y siempre es bueno echar una mirada a Jesús e intentar introducir en nuestras vidas su estilo basado en la compasión y en la misericordia como el único camino que genera vida y construye Reino, reivindicando que otra forma de vivir es posible basada en la confianza en Dios, en unos mismo y en los demás. ¡Adelante!

pastoralsj.org


martes, 2 de octubre de 2018

Es mejor sembrar


Siempre es mejor construir que destruir. y sembrar es construir para el día de mañana, para recoger más adelante. Siembra tu fe, para sostener y apoyar a los que vacilan. Siembra tu abnegación y no la reserves solamente para ti. Siembra tu confianza y Dios no te dejará ni los hombres te fallarán.
Siembra la sonrisa a tu alrededor; la sonrisa hace bien y te hace bien, la sonrisa disipa nubes y suaviza tiranteces. Siembra tu dulzura y llegarás a conquistar a los hombres, aun a aquellos que tienden a la violencia o no saben dominarse.
Siembra tu amistad, tu gozo y tu entusiasmo en todos aquellos que lo necesitan, pues así llegarás a hacer felices a los demás y ellos te harán feliz a ti.
Siembra tus sacrificios, aun con lágrimas y sin alarde; todo sacrificio requiere una cuota de dolor y de sangre; pero toda sangre es redentora y toda lágrima es purificadora.
Siembra toda tu vida; que toda tu vida sea una verdadera siembra de alegría, de bondad, de paz y de amor; el que siembra luz, recogerá calor; en cambio, el que siembra vientos, recogerá tempestades.
“Todos ustedes son hijos de la luz e hijos del día. Nosotros no somos de la noche ni de las tinieblas”
1 Tes, 5, 5

Como hijo de la luz, debes iluminar a cuantos están cerca de ti; iluminarles, para llevarles al Señor. Que las tinieblas no iluminen, no es extraño; pero que la luz se apague, causa angustia.

Fuente: Los Cinco Minutos de Dios, Alfonso Milagro

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