| «Dejad que los niños se acerquen a mí; no se lo impidáis, porque el reino de Dios pertenece a los que son como ellos. Os aseguro, el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él.» (Mc 10, 14) |
Dicen también que la distancia es el olvido.
Lo que sí es cierto, es que un jardín que no se riega y se mima con esmero se marchita, y sus rincones de fresca sombra se vuelven desiertos.
Por eso para posibilitar cierta armonía en las relaciones, conviene regar los encuentros con gestos y palabras adecuadas. Si te alejas considerablemente de alguien, el frío de la distancia irá, poco a poco, deshilachando lo que habías ido tejiendo en esa relación. Por eso la justa cercanía es muy sabia. Porque es generosa, mesurada, sabe cuándo acercarse y cuándo hay que poner distancia de por medio; sabe respetar los momentos, las estaciones y los procesos. Y es que en el fondo es el principio de todo. Tan necesario, que sin él ni tú ni yo estaríamos en este pequeño punto azul del universo que es nuestro planeta.
| ¿Percibo alguna relación demasiado lejana a la que quizás tenga que dar el calor de mis gestos o mis palabras? |
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